5´25″
Full HD Video Monocanal, 2025
Color, Sonido estéreo
Voz en off: Cristina Pando
Cámara y color: David Plata
Dirección: Alba Moreno & Eva Grau
El vídeo La extensión de la onda forma parte del proyecto de igual título que nace dentro del contexto de Arte Vivo, de la fundación Genalguacil Pueblo Museo, y de una exposición titulada Cursos
de la memoria, márgenes de vida comisariada por Juan Francisco Rueda.
El proyecto gira en torno al agua, a los ríos y fuentes del valle del Genal, y en especial a los que comparten territorio con los habitantes de Genalguacil. Con este trabajo, las artistas regresan a un modo de hacer habitual en ellas: recorrer un espacio natural específico desde el cual se desarrollará todo el proyecto.
A partir de estas experiencias directas en los ríos y arroyos de la zona, y de los recuerdos de sus habitantes, con los que pudieron interactuar y conversar, generaron una imagen del río que transporta al espectador a su propia imagen y recuerdos de los ríos y bosques de ribera, usando las obras como activadores emocionales de la memoria.
Texto del vídeo:
(INTRODUCCIÓN)
Cuando pienso en el río, mis recuerdos parecen un sueño, un cúmulo de imágenes de vidas pasadas, de memoria colectiva, tejidas con hilos de tiempo y agua.
Recuerdos que se entrelazan en las confluencias de ríos y arroyos, donde no puedo distinguir el sueño de la realidad.
(I)
A mi cabeza llegan imágenes de domingos caminando a través de senderos llenos de huellas, que no diferenciaban los pasos de un zorro, o una cabra de los míos.
El olor de la flor del castaño y la lavanda se mezclaban en el aire con
los aromas de la comida que más tarde compartiríamos.
Al acercarnos a la poza, los niños corrían libres a su encuentro con el
agua, mezclando el sonido de sus risas con el canto de los mirlos.
Buscar un lugar cómodo cerca de la orilla, compartir la comida y las palabras, y el río se convertía entonces, por unas horas, en el centro de nuestra existencia.
(II)
Al cerrar los ojos, aún veo los pliegues del río, donde en la penumbra
nos ocultábamos del mundo. Las curvas del arroyo nos cuidaban de las miradas indiscretas, creando para nosotros un universo propio. Eran esos tiempos donde no teníamos miedo a nada, y podíamos ser culebra, águila, junco y piedra.
(III)
Al ritmo lento de los burros, ascendíamos hasta la poza desde la que regamos nuestros cultivos. Con las manos llenas de barro, y la ayuda de las piedras, hacíamos subir el agua, que serpenteaba a través del bosque sobre las acequias.
Los campos de maíz se cubrían del agua del río que nos cuidaba.
Al caer el sol tras las montañas, regresábamos a casa, con regalos del río que tenían la forma de barbos y bogas.
Ahora los árboles son otros. Y el río, el barbo y la acequia han cambiado, quizás también nosotros.
(IV)
Sentados en el muro, observábamos desde la lejanía los pueblos con los que compartíamos el valle. La distancia que nos separaba parecía enorme sin más transporte que nuestras piernas.
Eso cambiaba en verano, cuando los días se hacían largos y nuestras obligaciones eran más pequeñas.
El río nos unía y nos daba la libertad de explorar más allá de nuestras fronteras cotidianas, no importaba el calor, ni la pendiente del camino.
Bajo la sombra de los árboles, aprendíamos unos de otros, descubríamos mundos nuevos, horizontes diferentes, sin salir de nuestras montañas.
El río se convertía en nuestro semejante, cómplice de saltos al vacío y carreras, de secretos y anhelos.
(EPÍLOGO)
He sido planta, piedra y animal. Corcho, liquen y golondrinas. He sido la sábana blanca lavada en la roca y el esparto de una cesta.
Soy los fragmentos arremolinados de un sueño del agua que no se desvanece.
Fotogramas
Bio en PDF